lunes, 28 de noviembre de 2011

La leyenda de Sandia

Pachacamac, Dios del universo, creador de la tierra y de todo lo existente en la naturaleza, creó también al hombre, dando un soplo de vida, al que llamó Huiracocha. Pero este personaje se sentía sólo y triste, entonces Pachacamac acudió en su ayuda, tomando una porción de tierra amasó y formó a la mujer y con un soplo le dio vida a ella la llamó Cullahua.

Esta pareja se estableció en el corazón de la tierra Chitapampa, pasó un tiempo de convivencia de esta pareja, cumpliendo con eficacia su estadía en la tierra, cuando Huiracocha fue llamado por su padre Pachacamac, su cuerpo fue convertido en piedra y su espíritu se integró al SOL.

Cullahua vivió más tiempo junto con sus hijos, quienes crecieron y se multiplicaron. Al morir ella se encarnó en la LUNA, así fue la eterna compañera del SOL.

Los esposos Huiracocha y Cullahua dejaron cuatro hijos: Santía, Saancahua, Saancaru y Saancatu, quienes se distribuyeron por los cuatro lares. Santía prefirió quedarse en Chitapampa, esta joven fue raptada por Chayanaco de la tierra de los Ch’ayas pero la gente de la selva Saantía no aceptó los galanteos de Chayanaco, rechazó de lleno los amores del joven, por despecho solicitó los servicios de un brujo del grupo de los Usicayos quien logró hacer dormir a Saantía así en este estado fue llevada a una cálida quebrada de la cabecera de la selva, al despertar quiso huir pero no pudo, ella no aceptaba los amores de Chayanaco. Entonces, él, furioso al verse despreciado bajó gritando de las cumbres con intención de matar a Saantía, pero fue salvada por Huayanaco hermano de Chayanaco, este gesto de Huayanaco generó gratitud de Saantía, así surgió amoríos entre Saantía Huayanaco, pero este acto enfureció a Chayanaco, quien trató de vengar la afrenta, por eso cada vez entablaban una feroz lucha en medio del cerro cayendo al precipicio de donde jamás salieron.

Saantía, quedó sola con sus dos hijos Phuyutarqui nacido del rapto de Chayanaco y el hijo menor Inca Ancco fruto de los gratos amores con Huayanaco.

Cuenta la leyenda que entre Chayanaco y Huayanaco se producen grandes reyertas en noches de tormenta y lluvia.

Atormentando constantemente a Saantía aun después de muerta.

Saantía, hoy es la hermosa ciudad de Sandia; que en 1931 fue destruida casi en su totalidad por el desborde de sus ríos: Chichanaco y Vianaco; en la leyenda estos ríos tomaron el nombre de dos jóvenes Chayanaco y Huayanaco, que en épocas de lluvia bajan rugiendo de las alturas del cerro Chichanaco, y parece que siguen disputándose los amores de Saantía, por eso el sandino vive en constante zozobra, rogando a los Apus, que calmen sus ironías.

El origen del nombre de Sandia se debe también a la época de la conquista que en 1554, ingresaron a este valle aurífero, españoles junto con el griego Pedro de Candia, quien reafirmó este lugar con el nombre de SANDIA

Leyenda de la tuna.

En la época de los antiguos gobernantes, los Incas, realizaban expediciones en busca de nuevos descubrimientos en alimentos y territorios para que los Incas pudieran convertirse en sus dueños.
Un día el cacique  Inca llamó a uno de sus guerreros el mas valiente y leal, que acudió pronta y servilmente a su llamado con todas las reverencias que el caso ameritaba.    
 Cuando llegó a la presencia del Inca, éste le contó que en una expedición anterior, sus hombres habían hallado unos pequeños arbustos con espinas que ocasionaban mucho dolor, y cuando se acercaron para observarlos mejor una enorme serpiente salió a su encuentro. 
 “Solo el chaski que llevó la noticia de lo sucedido, sobrevivió a tal encuentro”, dijo. Entonces el guerrero entendiendo la misión que se le encomendaba respondió al Inca: “yo acabaré con tal bestia y vengare la muerte de mis hermanos guerreros”. 
Al día siguiente partió el grupo de guerreros con sus uniformes de guerra, por el camino que el mensajero había señalado, llegando prontamente al encuentro de la enorme serpiente, mucho mas grande de lo podían haberla imaginado. 
 El capitán prontamente ideó un plan y envió al mas ágil corredor a guiar a la serpiente hacia una hoguera preparada por los demás.  
Cuando la serpiente llegó al lugar, no se dejo engañar por el fuego y de un gran soplido terminó con la trampa.Después lanzó su veneno sobre el capitán quien cayó adormecido por el efecto. 
 Con el último aliento, el capitán encargó al mas fuerte de sus guerreros, acabar con la serpiente antes de que llegara a atacar a su pueblo. 
El guerrero Chunta, el más fuerte, dejo que la serpiente se acercara al cuerpo de su capitán, y cuando lo iba a devorarlo, la sostuvo del vientre y con fuerza la arrojó hacia los matorrales de aquella planta llena de espinos que protegía la serpiente. 
 Al tratar de escapar la serpiente solo se envolvía mas y mas entre los arbustos, terminando con su vida, a lado de los restos de los valientes guerreros que antes la habían enfrentado. 
Los guerreros llevaron consigo la cabeza de la serpiente para presentarla al Inca, en prueba de que el pueblo ya no corría peligro. Y llevaron también consigo la planta que les ayudó a terminar con la terrible amenaza. 
 La planta brotó en toda la región sin necesidad de cultivo, llevando en el interior de su fruto un maravilloso manjar que fue el alimento que aliviaba los pesados días de todo viajero.

Leyenda de la jícama

 La mezcla de sabores con el abundante jugo que brota la morderla son deliciosas en tiempo de calor…Con seguridad  has disfrutado una fresca rebanada de jícama aderezada con jugo de limón, sal y chile piquín. Pero quizá no sabes que esta raíz es de origen mexicano ya era muy apreciada por los pueblos indígenas prehispánicos. Una leyenda purépecha explica así su origen. 

    Curicaueri, el Sol, se casó con Xaratanga, la Luna. Él  amaba el oro y se adornaba con joyas de ese metal: diademas, anillos y collares tan resplandecientes como él. Ella amaba la plata, semejante a sus destellos nocturnos, y contaba con una colección de alhajas que los recordaban de día. Los dos se amaban y siempre querían estar juntos. Por eso a veces los días y las noches eran demasiado largos y comenzó a reinar un gran desorden en el mundo.

      La Madre Naturaleza no podía permitir que las cosas siguieran de esa manera y los llamo para regañarles.“Tú eres el responsable de alumbrar los días y hacer que las plantas germinen y crezcan”, le recordó al Sol. “A ti te toca vigilar que todo quede en sombras para que las personas descansen”, le dijo a la Luna.”Pero ninguno ha respetado mis instrucciones  y por eso tendré que separarlos”.
Xaratanga le pidió que se compadeciera de ella, Curicaureri le rogo que no los separara pero la Madre Naturaleza fue inflexible: “Comprendo lo mucho que se aman, pero más importante que su amor es la misión que les encargue y el respeto que  le deben a los seres vivos que dependen de ustedes”, Xartanga y Curicaueri le suplicaron por última vez  pero  la madre Naturaleza ignoro sus palabras y los dejo solos.

  Al ver lo triste que  estaba su esposa, Curicaureri le hablo con ternura: “Nuestro amor no estará  nunca en riesgo. De día yo saldré a  iluminar los bosques y los mares y tu veras como el brillo a través de la ventana de nuestras casas. Cuando yo regrese al hogar por la noche y vea que no te encuentras ahí, me sentiré feliz al saber que estas recorriendo los cielos rodeada de estrellas más hermosas y nobles que tus joyas”. Ella  escucho con atención y respondió: “Tienes razón. Quizá si respetamos nuestra misión la Madre Naturaleza permita que , de vez en cuando, tu brilles detrás de mí y que yo aparezca de repente ,en pleno día”.
Conmovida por lo que estaban viviendo Xaratanga  abrazo a su esposo y comenzó a llorar. Una de sus lagrimas recorrió el espacio, cruzo las nubes, atravesó las copas de los árboles y se sumergió en la tierra del Valle de México. Allí,  en lo más profundo, echo raíces y se convirtió en la primera jícama, de carne tan brillante, perfumada y dulce como el llanto de la Luna.

Leyenda del Valle de Elqui, ciudad de Vicuña: Leyenda de la Papaya “Lágrimas de Oro”:

La fecha exacta se perdió en los días que formaron siglos. El lugar fue borrado por la civilización que lo cubrió todo de cemento. Los nombres se fueron olvidando en la boca de los narradores hasta perderse ya hace muchas generaciones. La choza se hallaba rodeada por la tribu. Dentro la esposa del cacique estaba pronta a dar a luz a su primer hijo.
Las mujeres invocaban a sus dioses para que naciera una niña, deseando que fuera aun mas hermosa que su madre, quien fue raptada en tierras lejanas por el valiente que estaba próximo a ser padre.
Los guerreros danzaban a sus dioses de la guerra. Su canto era de triunfo, querían que fuera varón, tanto más valiente que el cacique de las mil victorias. El llanto del recién nacido hizo saber a todos que la madre había terminado en su sufrimiento y un nuevo ser se sumaba a la tribu.
Un majestuoso cacique apareció en la puerta de la choza, las mujeres sellaron sus labios, los guerreros detuvieron sus danzas, todo fue silencio y el anunció que su esposa era feliz al tener una niña.
Pasaron los años convirtiéndose la niña en una hermosa jovencita a la cual muchos valientes soñaban con desposar. Por la selva empezaron a sentirse voces extrañas, el cual hablaba un lenguaje desconocido para ella, pero que sonaba dulce a sus oídos, despertando su corazón.
Desde las sombras, una certera flecha lanzada por un guerrero celoso les quebró la promesa de vivir eternamente unidos. Su rostro, a pesar de los besos desesperados de ella, se ponía frío y una angustia indescriptible sacudió su cuerpo.
El alma del joven debió irse al cielo de su Dios, Ella quedó sintiendo en su vientre un ser en formación.
El cuerpo del español fue enterrado en un pedazo que la América no alcanzó a conquistar.
Ella se abrazó a la tierra que lo cubría. Su dolor fue tan intenso que al dios del amor decidió el milagro. El llanto de la moza regó la tierra de la sepultura del amado y empezó a crecer hierba, que luego se trasformaron en arbolitos, cuyo fruto tuvo la forma de sus lagrimas de color verde en un comienzo, amarillo intenso al estar maduros, por lo que fue llamado Árbol de la lagrimas de oro. El tiempo pasó y el árbol es ahora conocido con el nombre de papayo y su fruto, como papayas, las lagrimas de oro de la indiecita.

EL MILAGRO DEL PEHUÉN (Árbol de los piñones)


El pehuén, árbol sagrado de los mapuches, en ilustración de Pepe Zapata en su libro "Lo que cuenta el pehuén"

El pehuén o araucaria es un árbol sumamente particular, pero quizás su característica más peculiar resida en que crece casi exclusivamente (con muy escasas excepciones) en una zona cordillerana que abarca desde la región de Copahue hasta el lago Huelchulafkeñ. Esta circunstancia ha hecho que una rama de los mapuches, habitantes de la zona mencionada, recibieran el nombre de pehuenches, precisamente por venerar a dicho árbol, y tener a sus semillas como fuente principal de alimento.
Debajo de su copa de sombra generosa, junto al grueso tronco que les proporcionaba abrigo de los duros vientos cordilleranos, los grupos se reunían para sus camarucos y brindaban a los dioses sus ofrendas de carne, sangre y humo, y colgaban de sus ramas sus muestras de agradecimiento y devoción.
Esta leyenda constituye una de las más difundidas del folklore aborigen patagónico, y ésta es la forma en que la recuerdan los actuales pehuenches en la localidad de Chos Malal.
Desde que se tenga memoria, Uenechén, el dios mapuche, había hecho crecer el pehuén en los grandes bosques de la tierra, pero al principio las tribus que la habitaban no comían sus semillas, que permanecían largo tiempo desperdigadas por el bosque, hasta que se transformaban en nuevos árboles o se pudrían por efectos de la humedad y el calor del verano. Los pehuenches consideraba al pehuén un árbol sagrado, pero no comían sus piñones, que les resultaban duros y consideraban venenosos.
Y así fue que mucho antes de que el huinka, el invasor español, llegara con sus armas y sus ejércitos, hubo un invierno muy crudo, en que la tribu, ya sin alimentos ni reservas, estaba siendo diezmada por el frío y el hambre; los ríos se habían congelado, y habían desaparecido el huemül, el choike (ñandú) y el luan (guanaco), mientras los pájaros emigraban, ahuyentados por el tremendo frío. La tierra parecía encogerse aterida bajo la nieve y, si bien los hombres y las mujeres sanas aún resistían la hambruna, los viejos y los niños pequeños parecían condenados a una muerte terrible. Uenechén parecía negarse a escuchar las plegarias y rogativas; quizás El también estaba adormilado, arrebujado en sus pieles tibias de su lecho divino...
Pero abajo, en la tierra, la situación era crítica, y el cacique dela tribu decidió tomar una medida desesperada: enviar a los cuatro vientos, y por distinto caminos, a sus guerreros más hábiles y fuertes a que se fueran lejos, tanto como fuera necesario, pero que no regresaran sin alimentos: bulbos de amankay y de ñolkin, frutos de chakai y de ñire y carne de cualquier animal que lograran cazar, así fuera de mara o de kófür, pero que permitiera sobrevivir a los más débiles.
Y así salieron los guerreros, entusiastas y decididos, pero los días comenzaron a pasar uno tras otro, y los bravos regresaban uno tras otro, con las manos vacías y en peores condiciones de como habían salido. Hasta que faltaba tan sólo uno, en quien el cacique había depositado sus máximas esperanzas: Ñehueñ, cuyo nombre mismo simbolizaba su condición como el cazador más hábil que tenía la tribu.
Con el paso del tiempo, también aquella esperanza comenzó a desvanecerse. De la mano del hambre, la angustia y la impotencia se fueron transformando en llanto de criaturas y desesperación de los mayores. Hasta que por fin lo divisaron a lo lejos, caminando dificultosamente por la ladera nevada, cargando a su espalda una bolsa improvisada con su poncho de piel de guanaco, llena de piñones de pehuén, que dejó caer a los pies del cacique.
-Dime Ñehueñ-preguntó una machi, una sabia curandera, intrigada-. ¿Por qué traes tu bolsa cargada de frutos del árbol sagrado, del pehuén, si sabes que con él no saciaremos nuestro hambre?
-Tus palabras son correctas, pero te equivocas en algo: lo que traigo es, en efecto, el fruto del pehuén, pero él será lo que nos salvará a todos-respondió el muchacho, sin vacilar.
-¡No blasfemes, Ñehueñ! -intervino el cacique, irritado. ¡Uenechén te castigará por ello!
-Déjenme explicarles y luego decidirán. Después de andar y andar durante
muchos días, sin encontrar nada para aliviar las necesidades de ustedes,
regresaba por el camino de la cascada, cuando al remontar una lomada un desconocido surgió quién sabe de dónde y se puso a caminar junto a mí.
-¿Qué buscas por mis montañas, hijo?-me preguntó.
-He salido en procura de alimento para mi tribu, que muere de hambre -le
contesté-, pero no he encontrado nada. La nieve lo cubre todo, y muy pronto nos cubrirá a nosotros también.
-Sin embargo, con tantos piñones de pehuén que cubren el piso, no deberían
estar pasando hambre. ¿Por qué desprecian un alimento tan extraordinario?
-Es que son los frutos del árbol sagrado, anciano -le contesté, un poco
molesto-. Son muy duros, y las machí dicen que son venenosos.
-¿Y tú crees que un regalo de Uenechén puede ser dañino para sus hijos? No, muchacho, no; vé y habla con tu tribu y dules que el pehuén es un alimento maravilloso. Sólo tienen que hervirlos para ablandarlos, luego tostarlos, y podrán disfrutar de un manjar delicioso. Cada piñón es suficiente para alimentar a un hombre durante varios días, y pueden conservarlos durante el invierno, enterrándolos en pozos en el suelo blando, y así contarán con
suficiente alimento, aunque escasee la caza.
  "Y luego de decirme esto, el desconocido desapareció como había venido, y yo me puse a juntar los frutos del pehuén para traérselos. Inmediatamente se reunió el consejo de ancianos y debatieron la noticia traída por el joven, decidiendo que el anciano que había interceptado a Ñehuéñ no era otro que el mismísimo Uenechén en persona, y ordenaron a las mujeres que hirvieran y luego tostaran los piñones traídos por el guerrero.
Y a partir de ese momento, cuenta la leyenda que ya no hubo más hambre ni escasez de alimento, ya que los pehuenches aprendieron muchas formas de preparar los frutos del pehuén. Y así, el árbol sagrado se convirtió en la principal fuente de alimento de los pehuenches, quienes cada día, a la salida del sol, rezan con un pinón de pehuén o una pequeña rama en la mano, diciendo:
"A Tí, padre, que no permitiste que muriéramos de hambre;
a Tí, que nos concediste la dicha de compartir nuestro alimento;
a Tí, Uenechén, te pedimos que nunca dejes morir al pehuén,
 cuyas ramas se tienden como brazos abiertos para protegernos."

Otra versión de la leyenda guaraní de la planta de Yerba Mate

Ka'a juega en la planicie. Corre detrás de los pétalos que navegan en la brisa. Los largos y renegridos cabellos, mantos que desteje el viento. Detiene el andar, retoma el camino al arroyo y en él busca los multicolores peces. Los pies mete en el agua cálida y a su caricia quieta se queda. Luego, con los finos dedos las blancas arenas del fondo revuelve. Las mariposas revolotean desplegando espléndidos abanicos a rayas y lunares. Ka'a mira en el límpido arroyo como se reflejan los oblicuos y brillantes ojos, los pómulos pronunciados y la carnosa boca en forma de corazón.
En el horizonte se recortan las siluetas de un grupo de hombres. La bella niña observa el contingente cuya clara visión se interrumpe por las vallas de árboles del otro lado del arroyo. El que dirige la expedición tiene magia en los ojos, y aunque no la vio, ella le ha dado un rinconcito en su alma. Llegada la noche al poblado, y la niña acostada en la aldea, sólo tiene pensamientos para el indio forastero. El altivo, el más alto, el que iba delante buscando algo imposible de hallar a juzgar por el comportamiento de los otros.
Por la mañana, tal cual brincan las nubes en el cielo, el corazón de Ka'a pega saltos; el hombre con que ha soñado la noche entera está allí.
¿Pueden verlo? ¡Con qué porte el soberbio hombre cuenta al padre de la niña lo que busca! Quiere llevar al templo de Mbaeveraguasu la más bella ofrenda, y la riqueza de metales y piedras preciosas de la zona es famosa. Como avare mbya debe obtener el presente.
Ka'a bajó las pestañas. ¡Un sacerdote! ¡Mbya! ¡Oh, qué mala suerte! Los mbya se creen insuperables, y no se casan con integrantes de otras tribus. ¡Ni pensar un avare!
Ka'a dejó que el forastero se fuera y dirigió sus pasos a los alrededores para ver si podía encontrarse con él y reflejarse en el arroyo negro que sus ojos derramaban.
Y lo encontró. Pero él jamás reparó en ella. Una noche hirviente plena de fragancias embriagantes, Ka'a siente que el agua la llama y le asegura que esa noche, verá al avare.
¡Allí está! Ka'a danza para él. El hombre la mira y siente el deseo adueñándose de su débil carne. El alma, fuerte y no dispuesta a ceder terreno se le mete en las manos. Y, allí, empuña el hacha de piedra...
La joven va a abrazarlo, con amor le mira. Él devuelve el amor en la mirada. Todo se lo devuelve.
El hacha el sacerdote dos manos se elevan y ¡de un corte la cabeza de Ka'a es arrancada del cuerpo! De un solo tajo el avare ha matado la más bella niña que alguna vez mojó los pies en el agua del arroyo cercano. De un solo tajo se inundaron de sangre las rocas del monte.
El avare continúa. Ni siquiera mira hacia atrás donde dio muerte al amor y a la pasión.
¿Cuánto tiempo ha pasado desde que los de la tribu encontraron a Ka'a henchida de muerte? ¿Cuánto?
Años... Años...supone el viejo sacerdote mbya que llega a la aldea, con la espalda doblada y el vestido desteñido. Es el mismo hombre que una vez mató al amor en la misma roca junto al arroyo donde ahora se sienta a aliviar el cansancio. Hace demasiado calor...
Mira hacia sus pies. Extrañas raíces envuelven la roca y se hacen tronco y se hacen hojas que la sombra, están dándole... Llamado por el exquisito perfume toma unas hojas y las mastica lentamente. ¡Ah, con qué placer el viejo avare saborea la pasión que se arrebató a sí mismo en medio de su soberbia juventud! Las hojas tienen el encanto, el olor de la piel de aquella bellísima jovencita; los tallos son copia fiel del minúsculo talle elegante; las raíces son dos pies que revolvían las arenas del arroyo...
Va a morir y debe hacerlo donde murió antes. Ese arbusto desconocido que llamarán yerba mate le acompañará porque es Ka'a que está esperándolo para vivir su pasión. Y el sacerdote acaba de iniciar la última comunión, embriagado en la placidez que ofrece el último gran descanso.

MATE: Origen de la Yerba



El origen de la yerba es atribuído legendariamente a divinidades. Un poema paraguayo atribuye a Santo Tomás esta dádiva a los indios:


En recuerdo de mi estada
una merced os he de dar,
que es la yerba paraguaya
que por mí bendita está.

La primera leyenda encontrada dice que Tupu,
 genio del bien, estaba en peregrinaje por la tierra, cuando llegó a la casa de un viejo muy pobre que, a pesar de su miseria, le dio de comer y de beber y lo albergó en su casa. En agradecimiento, Tupú le dejó la yerba.

Otra leyenda cuenta que Yasi
y Araí (la luna y la nube) estaban en el bosque, cuando fueron atacadas por un jaguar. Vino un cazador en su auxilio y ellas, como premio, le dieron la caá (yerba), planta benéfica y protectora.

La tercera leyenda es semejante a la de Tupú. En ésta, San Juan y San Pedro fueron albergados por un viejito muy pobre, y Dios, en recompensa, transformó a la hija del anciano en árbol de yerba, para que fuera inmortal.

Una cuarta leyenda dice que el guerrero Maté estaba descansando una noche, cuando vino la diosa Sumá y le dió un ramo verde de yerba, diciéndole que lo plantara y que después de secas y trituradas las hojas le darían una deliciosa bebida.

Lo que los guaranies
 contaron a los jesuitas es que estuvo en sus tierras, hace muchos años, el Pai Zumé, llamado por los Tupís de Sumé, hombre de gran sabiduría que realizaba muchos milagros. Los padres acabaron interpretando que Sumé sería Santo Tomás, uno de los apóstoles, que se les habría aparecido, lo que fue incorporado a las leyendas autóctonas a partir de las historias contadas por los religiosos.